José del Río Sáinz: “La guerra”

Sobre los campos de trigo,
promesa de amor y vida,
galopa el fiero enemigo
con una tea encendida.

Todo arde,
todo crepita a su paso,
todo es muerte y vilipendio,
y, al declinar de la tarde,
finge un incendio el ocaso
sobre el horror de otro incendio.

Pacíficas e ignoradas
estas aldeas vivían,
y las espigas doradas,
de la brisa bajo el beso,
solamente se rendían
a su peso.

En las chozas los abuelos
contaban viejas historias
de batallas y de duelos
y de quiméricas glorias.

Las mujeres con sus hijos
al escucharle temblaban,
y, los ojos en Dios fijos,
le imploraban
porque de tamaños daños
librase Dios a la tierra.
– !Eso fue hace muchos años
-decía el viejo risueño;
ya no ha de haber otra guerra!
Y acariciaba a un pequeño.

Mas la Arcadia, de improviso,
oyó un día
de los bronces el aviso
sonando en la lejanía.

Era el ángel de la Guerra
caballero en su bridón.
!Eran la ruina en la Tierra
y el odio en el corazón!

Era el hundirse los techos
como pajas sacudidos,
y ver los templos deshechos,
y destrozados los nidos.

Era la triste canturia
de las aves que a la furia
de los hombres iracundos
abandonaban sus huevos,
y allí donde el sol se yergue
para alumbrar otros mundos,
buscaban asilos nuevos,
más profundos,
otro albergue.

Era el llegar de soldados
trágicos, hoscos, barbudos,
que incendiaban los sembrados
y en una traílla larga
ataban hombres desnudos
igual que bestias de carga.

Eran los campos de Ceres
convertidos en osarios;
la fuga de las mujeres
sobre afrentosos calvarios.

Era la tea aplicada
al trigo del rico predio,
y el vencedor con su espada
levantada
en medio.

!Gloria! Suenan los clarines;
ha terminado el asalto,
y pasan los paladines
con sus aceros en alto.

!Gran día -dicen- ha sido
para la patria inmortal!
Se escucha un débil gemido.
!Será algún niño perdido
que muere en un matorral…!

… Ninguno se ha detenido;
sigue el desfile triunfal.

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