Canta la guerra el torvo clarín de mi lirismo
en este siglo de civilización,
el Siglo en que los hombres despiertan de su sueño,
el Siglo en que ha perdido la táctica de Dios,
el Siglo en que los pueblos sienten en las espaldas
el rudo latigazo del Dolor;
el Siglo en que a las Razas las van seleccionando
el superdreagnout i el cañón
i las bombas de incendio del bravo aeroplano
i del obús 42
i el corazón sonoro del káiser, que arde como
volcán en erupción,
i el espíritu recio de la raza germana,
de esa raza que tiene los cabellos de Sol.

Los cañones derrumban las viejas catedrales
que han visto tantos años por sus arcos pasar,
los recintos del arte, los grandes monumentos,
los castillos rodeados por fuentes de cristal,
porque los hombres nuevos despreciamos lo antiguo;
porque conscientemente queremos dominar
sobre las artes viejas retóricas i rancias,
cantando los misterios de la Electricidad;
porque al oír el redoble del tambor del pasado
forjamos el Futuro con hacha de titán;
porque escribimos versos al Tren i al Automóvil,
al poder de la Fuerza i a la Velocidad
i porque resolvemos los problemas del alma
aprovechando el cálculo infinitesimal.

La Guerra es como un brazo del Progreso. La Guerra
purifica las Razas con su férreo poder.
Corten las bayonetas las cabezas a miles
i siémbrense los campos de muertos, a granel;
i que los vencedores en sus lanzas de hierro
les prendan orgullosos i les hagan arder.
I escriban los poetas la sensación que dejen
en sus almas los trágicos estertores del fiel
soldado a quien la Muerte le bese lujuriosa
con su boca soez.

I que las Nuevas Razas i que los Nuevos Siglos
hereden de estos hombres el seso i el valor,
de estos hombres del Siglo XX; que los poetas
les canten en estrofas de bélica pasión;
i que los escultores en sus bloques de mármol
eternicen los nombres de los hombres de Hoi;
que los músicos nuevos describan en sus obras
la fuga del caballo, la nota del tambor,
el llanto herido, la grita de la sangre
i la explosión del corazón,
que los nuevos pintores trasladen a sus lienzos
del rostro de la madre la mueca de terror,
i mientras tanto, ahora, que atruene la metralla
i que silben las balas i que ruja el cañón
al impulso fantástico de la raza germana,
de esa raza que tiene los cabellos de Sol!


Media noche
En el jardín
Cada sombra es un arroyo

Aquel ruido que se acerca no es un coche

Sobre el cielo de París
Otto von Zeppelín

Las sirenas cantan
Entre las olas negras
Y este clarín que llama ahora
No es el clarín de la Victoria
Cien aeroplanos
Vuelan en torno de la luna

APAGA TU PIPA

Los obuses estallan como rosas maduras
Y las bombas agujerean los días
Canciones cortadas
Tiemblan entre las ramas

El viento contorsiona las calles

COMO APAGAR LA ESTRELLA DEL ESTANQUE


Se matan y se matan…
Se diría
que esto no tiene ya ninguna clase
de importancia. En el fondo,
hacen hoy en un día
lo que antes en un siglo. Es otra fase
del planeta, y no más.
Y no más… Pero
siempre al fin del discurso está el acero.
En verdad, poca cosa avanzamos, o nada.
Mató Caín a Abel, como sabemos.
Y desde entonces, hemos
perfeccionado en general… la quijada.


Si, a veces, como niños, vinimos a las manos
-Ruyard Kipling lo dice, sincero como un niño-,
en la ingenua pelea se acrisoló el cariño,
¡y la sangre era una, porque somos hermanos!

Hermanos en la sangre y en el alma latina,
Alegría del mundo, serena, clara y fuerte,
Que adora sobre todo la Belleza, y camina
Al ideal, burlando, con gracia, de la muerte.

Vuestra gloria y la nuestra la misma historia narra…
Cuanto es para vosotros bello y noble y gallardo,
Gallardo y noble y bello para nosotros es…

Es vuestro y nuestro el Grande Enrique de Navarra,
Y el sin miedo y sin tacha caballero Bayardo
No sabemos si era español o francés.


Francia, divina Francia, jardín y corazón
de Europa, redentora de todas las fealdades
que agobian a la pobre Humanidad. Razón
única entre las grandezas y las ruindades;

Francia, que no has perdido la divina sonrisa
en medio de la hoguera horrísona, sabiendo
que por encima de la llama y el estruendo
y el Deutschland über alles se escuchará tu risa…

Francia inmortal, que riegas de sangre generosa
la rosa que va a ser, la inverosímil rosa
inmarcesible por las centurias sin fin…

Vencedora segura en la Última guerra…
Salve, en nombre de todos los buenos de la Tierra.
Francia, divina Francia, corazón y jardín.


Este que veis aquí, grave y sereno,
Con la tranquila majestad del roble,
Fue el paladín más noble de lo noble,
Como otro Alonso de Quijano, el Bueno.

Por los eternos bárbaros hollada,
Francia inmortal le dio su espada un día,
Y él escribió aquel día con su espada
“vivir”, “vencer”, donde “morir” decía.

Salva a orillas del Marne fue la Tierra,
Y alzó el caudillo la divisa fuerte
Que en tres palabras toda gloria encierra:

Titán feliz, porque domó a la Suerte.
Gran capitán, porque venció a la Guerra.
Héroe inmortal, porque mató a la Muerte.


Sobre los campos de trigo,
promesa de amor y vida,
galopa el fiero enemigo
con una tea encendida.

Todo arde,
todo crepita a su paso,
todo es muerte y vilipendio,
y, al declinar de la tarde,
finge un incendio el ocaso
sobre el horror de otro incendio.

Pacíficas e ignoradas
estas aldeas vivían,
y las espigas doradas,
de la brisa bajo el beso,
solamente se rendían
a su peso.

En las chozas los abuelos
contaban viejas historias
de batallas y de duelos
y de quiméricas glorias.

Las mujeres con sus hijos
al escucharle temblaban,
y, los ojos en Dios fijos,
le imploraban
porque de tamaños daños
librase Dios a la tierra.
- !Eso fue hace muchos años
-decía el viejo risueño;
ya no ha de haber otra guerra!
Y acariciaba a un pequeño.

Mas la Arcadia, de improviso,
oyó un día
de los bronces el aviso
sonando en la lejanía.

Era el ángel de la Guerra
caballero en su bridón.
!Eran la ruina en la Tierra
y el odio en el corazón!

Era el hundirse los techos
como pajas sacudidos,
y ver los templos deshechos,
y destrozados los nidos.

Era la triste canturia
de las aves que a la furia
de los hombres iracundos
abandonaban sus huevos,
y allí donde el sol se yergue
para alumbrar otros mundos,
buscaban asilos nuevos,
más profundos,
otro albergue.

Era el llegar de soldados
trágicos, hoscos, barbudos,
que incendiaban los sembrados
y en una traílla larga
ataban hombres desnudos
igual que bestias de carga.

Eran los campos de Ceres
convertidos en osarios;
la fuga de las mujeres
sobre afrentosos calvarios.

Era la tea aplicada
al trigo del rico predio,
y el vencedor con su espada
levantada
en medio.

!Gloria! Suenan los clarines;
ha terminado el asalto,
y pasan los paladines
con sus aceros en alto.

!Gran día -dicen- ha sido
para la patria inmortal!
Se escucha un débil gemido.
!Será algún niño perdido
que muere en un matorral…!

… Ninguno se ha detenido;
sigue el desfile triunfal.


Los bárbaros han vuelto!… Siempre en vano
rugirán sus leones de leyenda!
!No eres la misma que amparó en su tienda
la sombra taciturna de Juliano!

De ellos París?… Tu corazón pagano
no habrá de ser sobre su altar ofrenda…
La sangre tuya saltará tremenda
bajos los cascos del corcel germano!…

Rompa en vuelos tu hipógrifo, Amazona,
y la flor de los guantes abandona.
Sé aquella tigre que en Moscou rugía,

y muestra el alma luminosa y terca,
que Lodi y Austerlitz están muy cerca,
y Waterloo está lejos todavía!…


¿Quién ha visto una lira?
La lira es una palabra.

Era instrumento, pero ahora
es más: es un vocablo.
Las cosas que se vuelven palabras
se magnifican o rebajan.

El lenguaje
tiene la virtud del amor:
exalta o mengua.
Por eso la lira me inquieta.

La lira es cosa muy barata.
¡Quien no tiene lira!
Yo quiero algo diferente.

Algo hecho de este alambre de púas;
algo que no pueda tocar un cualquiera,
que haga sangrar los dedos,
que dé un son como el son que hacen las balas
cuando inspirado el enemigo
quiere romper nuestro alambrado
a fuerza de tiros.

Aunque la gente diga que no es música,
las estrellas en sus danzas acatarán el nuevo ritmo.